El termómetro político de Chihuahua acaba de registrar una de sus semanas más intensas, dejando claro que el estado no es solo un territorio geográfico, sino el epicentro de una guerra de trincheras ideológicas que definirá el futuro inmediato.
En menos de cuarenta y ocho horas, el Centro de Convenciones de la capital y la Plaza de la Mexicanidad en Ciudad Juárez se convirtieron en los espejos de dos realidades irreconciliables: el panismo que resiste en su bastión y el morenismo que avanza con la fuerza de una marea.
En la capital, el Partido Acción Nacional (PAN) cerró filas en torno a la gobernadora Maru Campos. El evento en el Centro de Convenciones no fue una simple reunión de cortesía; fue un mensaje de supervivencia y desafío al centro del país. Sin embargo, la foto principal del encuentro reactivó fantasmas que la narrativa oficialista adora evocar. Ver sentados en el mismo espacio a Felipe Calderón y a Vicente Fox junto a la plana mayor del panismo local es un arma de doble filo. Por un lado, inyecta nostalgia y mística de la vieja guardia a una militancia sedienta de liderazgos fuertes; por el otro, le regala a la oposición el guion perfecto para desempolvar el discurso del “pasado neoliberal”.
Maru Campos se paró ahí no solo como jefa del ejecutivo estatal, sino como la generala de un ejército que ve cómo el mapa nacional se tiñe de guinda y entiende que Chihuahua es una de las pocas aduanas que le quedan al azul.
Pero la respuesta no tardó en llegar y tuvo como escenario la frontera, el termómetro real del pulso social. El domingo, la Plaza de la Mexicanidad en Ciudad Juárez se inundó de miles de simpatizantes de Morena que se congregaron para respaldar el segundo informe de labores de la presidenta Claudia Sheinbaum.
La elección del lugar no fue fortuita: la X atestiguó una movilización que buscó demostrar músculo, estructura y, sobre todo, pertenencia. Mientras el PAN se atrinchera en los espacios cerrados del debate institucional y el círculo rojo de la capital, Morena optó por la plaza pública, el calor de las masas y la narrativa del contacto popular. El mensaje de Juárez fue seco y directo: el proyecto de la llamada Cuarta Transformación ya no es un visitante en el estado; es una fuerza local con la que se tiene que cohabitar y competir cara a cara.
Lo que atestiguamos este fin de semana es la radiografía de un Chihuahua polarizado. Por un lado, el modelo del panismo chihuahuense, que defiende la gestión de Campos como el último dique de contención frente al centralismo y las políticas de la federación. Por el otro, el avance de un morenismo que utiliza la figura presidencial de Sheinbaum como el imán definitivo para terminar de conquistar el norte.
La confrontación ya no es sutil ni de baja intensidad. Las cartas están sobre la mesa: el PAN apuesta por la memoria de sus años de gloria y la estructura institucional del estado; Morena apuesta por el arrastre de la marca nacional y la conquista de las calles. La batalla por Chihuahua ha comenzado formalmente, y en este juego de espejos, ni el Centro de Convenciones es todo el estado, ni la Plaza de la Mexicanidad ha ganado la última palabra.




