La crónica que nos llega de un suceso en Cafetales es más que la narración de una fatalidad; es un escalofriante retrato de la desconexión entre la autoridad y la empatía. Nos enfrentamos a un dilema que va más allá de la ley: ¿el apego estricto a un protocolo puede justificar la falta de sensibilidad en un momento de profundo dolor humano?
El hecho es simple en su tragedia: un hombre muere de un infarto afuera de un Oxxo. No es un crimen violento, sino una muerte natural. Cuando la esposa y los hijos, que vivían cerca, llegan a la escena, la reacción natural de una mujer en shock ante el cadáver de su ser querido la lleva a “meterse corriendo” hacia el cuerpo. La respuesta de los elementos municipales, lejos de ser de contención empática, fue de represión administrativa: la agarran, le ponen las esposas y la llevan “detienen”.

Este acto, según el relato, convierte el luto de una familia en una pesadilla. El hijo, nos dicen, terminó llorando por dos motivos: “por su padre muerto y por su mamá detenida”.
La excusa del protocolo
Ciertamente, el primer respondiente (el policía que llega primero a la escena) tiene la obligación legal de proteger el lugar de los hechos para no contaminar los indicios. Incluso en casos donde la muerte parece natural o accidental, la policía debe delimitar y proteger el lugar y no tocar ni manipular el cadáver hasta que lleguen los peritos, a fin de determinar si se trata de una muerte natural, accidental, suicidio u homicidio.
Sin embargo, en este caso, donde la causa es un infarto (una muerte natural), la prioridad no era asegurar la escena de un crimen violento, sino gestionar una crisis de salud pública y un trauma familiar.
El protocolo no puede ser un manto para el abuso, ni una barrera para la razón.
El fin de proteger la escena es garantizar la justicia. ¿Qué justicia se garantiza esposando a una viuda en shock? El “riesgo de alteración o pérdida de evidencias” es un supuesto, pero la alteración en este caso era el dolor de una mujer.
El uso de la fuerza debe ser legítimo y proporcionado. ¿Poner esposas a una mujer civil, con el único intento de abrazar a su esposo fallecido, es una medida proporcionada para “proteger” una escena de muerte natural?
Los protocolos exigen que la policía actúe con respeto a la dignidad humana y se abstenga de tratos degradantes. Someter a una persona en duelo a la detención y el registro de sus pertenencias cae directamente en el ámbito de la crueldad innecesaria.
La sensibilidad como obligación profesional
La crítica no es que los policías deban ignorar las reglas, sino que deben saber aplicar su criterio profesional. El Protocolo de Actuación Policial obliga a la policía a la “atención diferencial” y al trato digno, absteniéndose de utilizar comentarios humillantes o vejatorios. Actuar con tan mínima sensibilidad es una falla de la capacitación, no solo del individuo.
Al final, la situación solo se resuelve cuando a uno de los uniformados “se le ablandó el corazón”. Esta frase, que debería ser un alivio, es en realidad la condena: la empatía no debería depender del talante individual, sino ser un requisito de la función policial.
Un policía con verdadero profesionalismo habría:
- Mantenido la línea amarilla sin esposar.
- Utilizado contención verbal (comunicación asertiva) y apoyo a la víctima u ofendido.
- Designado a una mujer policía para acompañar y tranquilizar a la viuda en un lugar cercano, respetando su duelo .
Esposar el dolor de una mujer es un acto que despoja de toda ética a la actuación policial. El protocolo salvaguarda la ley, pero el criterio debe salvaguardar la humanidad. En Cafetales, los municipales demostraron una deplorable falta de lo segundo.




